Xavier Novell, patánico obispo de Solsona (paradójicamente, el programa
informático sustituye de manera automática patánico
por satánico) bendice al fin la
independencia de Cataluña: Su reino,
es decir, su Estado, sí es de este mundo. Al pastor de almas le ha costado dar
el paso, pero lo hizo al fin, no a calzón, sino a casulla quitada. Algo tuvo
que ver que en una reciente romería los feligreses más exaltados le pitaran
ruidosamente por haber recomendado a sus párrocos que no repicaran las campanas
a las 17h 14’
del pasado día 11 de septiembre.
Se advierte
una fuga creciente de fieles, casi estampida, de los templos nativos a medida
que el clero diocesano abraza con fervor esa religión pagana que es el
nacionalismo, desertando del apostolado universal inherente al rito católico.
Quedan las capillas, frías, penumbrosas, rescatadas del tedio por algún turista
despistado. El obispo Novell ha tenido grandes predecesores, luminarias a las
que imitar: Deig, Jubany o los benedictinos de Montserrat, que de algún modo
habían de expiar el pecado infando de recibir en tiempos a Franco bajo palio.
Uno de sus
guías espirituales es el arzobispo Martínez (Sistach), elevado recientemente a
la dignidad cardenalicia. Martínez (Sistach) no había ingresado aún en el club
de la púrpura cuando recibió con turiferario incienso a los ponentes de la
reforma estatutaria encerrados durante semanas en Miravet. Fue ése un acto
participado por igual de sumisión al poder temporal y de prevención higiénica,
pues los eméritos ponentes, a causa del encierro prolongado, dejaron en la
basílica de La Merced
un concentrado olor a chotuno. Tampoco nos había deleitado aún con las
filigranas teológicas de esa suerte de homilía, de encíclica, De Rerum Futbolorum, improvisada ante
los micrófonos para censurar acremente la carestía del fichaje de Cristiano
Ronaldo por el Real Madrid, ignorando farisaicamente los fichajes igualmente
onerosos del equipo más emblemático de su propia diócesis. Aquello de la paja
en el ojo ajeno.
Novell, más
joven que Martínez (Sistach), acaso sueña en un arrobamiento místico, reclinado
ante el altar (no sabemos si con la botella de mistela a mano, o bajo llave en
la sacristía), con encabezar mañana una iglesia nacional como la anglicana, y
fundar un papado cismático, coronando su pontificia cocorota con una mitra
inspirada en la barretina. Y se apresura a hacer méritos. Como el ex fiscal
Conde-Pumpido con su toga hecha jirones, el obispo Novell, acompañado de su
séquito de monaguillos-trabucaires, está
dispuesto a manchar la estola con el polvo del camino. Su reino sí es de este mundo.